«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Javier Cercas, escritor: “La realidad es el carburante de la ficción. La fantasía pura carecería de interés”.

Cuando un escritor,Javier Cercas, escribe una novela como ‘Las leyes de la frontera’ (Random House Mondadori) corre el peligro, bendito peligro, de que al entrevistarle su contenido sobrepase los lindes de sus casi cuatrocientas páginas y se convierta en un apasionante diálogo entre los recuerdos del pasado y el tiempo que hoy nos toca vivir. Un poco de esto es lo que ocurrió en la conversación que mantuvimos en el Hotel Astoria de Valencia hace unos días, al abrigo de una tónica y de un agua mineral con gas. ‘Las leyes de la frontera’ se centra en los años de la Transición pero lo hace fijándose en tres delincuentes juveniles y la deriva posterior de sus vidas. Durante el verano de 1978, el Zarco, Tere y el Gafitas se dedican a dar tirones, robar coches, desvalijar casas y atracar bancos, unidos por una atracción tan extraña como indestructible. Veinte años más tarde, el Gafitas se ha trasnformado en el abogado más notable de la ciudad y recibe el encargo de defender al Zarco, convertido en el delincuente más famoso de España. Tere, por su parte, vuelve a funcionar como el lazo enigmático entre estos dos hombres tan diferentes y al mismo tiempo tan necesitados el uno del otro.



Javier, dice la contraportada que ‘Las leyes de la frontera’ es una novela de amor y de desamor, de lealtades y deslealtades, de enigmas y traiciones, en la que no hay verdades únicas.
Las verdades humanas, las verdades morales, que son las que persigue la literatura, suelen ser así. En la realidad hay cosas inapelables tales como que ahora mismo estamos aquí, en Valencia, sentados y conversando. Esa es la verdad histórica, la verdad periodística. Pero esas verdades no le interesan a la novela, son otras que resultan escurridizas, contradictorias, ambiguas… Para mí la novela, por definición, es el género de la ambigüedad. Y lo primero que tenemos que conseguir los novelistas es proteger las preguntas de las respuestas, porque la novela se hace preguntas pero nunca da respuestas. Está prohibido. Es el lector, que es la otra mitad del libro, quien debe proporcionarlas. Es posible, además, que existan tantas respuestas como lectores tiene un libro. El Quijote es la novela más ambigua del mundo porque es la mejor.
¿Entonces, el escritor es un transmisor, un intermediario entre la historia y el lector?
Está bien eso del intermediario. Me gusta, no lo había pensado. Yo definiría al autor como aquella persona que escribe la partitura. Desde luego, decía Valéry, que quien hace una obra maestra es el lector, no el escritor. El lector es quien consigue que los clásicos sean clásicos porque los relee con una atención y una devoción que los vuelve clásicos.
Historias y escritores, ¿quién encuentra a quién?
La historia siempre te encuentra a ti. Puede sonar hasta vanidoso pero no eres tú quien busca los temas, son ellos quienes te buscan a ti. Como persona has conocido unas experiencias, unas vivencias determinadas y, además, tienes obsesiones que te llevan a un sitio u otro. Esta novela no la hubiera podido escribir si yo no hubiese vivido las historias que viví. Tampoco hubiera escrito ‘Soldados de Salamina’ si Ferlosio no me hubiese contado la historia de su padre… Oye, está bien eso del escritor como intermediario. Desde ese punto de vista, el escritor actuaría como un pararrayos que atrae unas historias y repele otras. Tengo que pensarla más, pero me gusta. Te la voy a plagiar [risas].
¿Utilizas un guión para desarrollar la novela?
No, no soy de esos escritores que ya saben cómo va a terminar la novela. Yo tengo una idea, una idea vaga, una pregunta. Desde ese punto de partida empiezo a trabajar y llego a donde llego.
Después de publicar ‘Anatomía de un instante’ has vuelto a la ficción, aunque la ficción está muy pegada con la realidad.
Es que yo creo que la ficción pura no existe. La ficción siempre está felizmente contaminada de la realidad, que es el carburante de la ficción. Sin ella la fantasía pura carecería de interés. El escritor escribe de experiencias y también de lo que nunca ha vivido, de sus obsesiones, miedos, pesadillas y todas esas cosas parten de la realidad. En este sentido, yo me veo más como un escritor americano que como uno español. Al final del libro, costumbre muy americana, introduje una nota en la que dejé claro de donde procedían algunas cosas que he escrito. Allí hablo del Vaquilla y algunas personas me han dicho que esto lo he sacado de aquí y esto otro de allá. Pero eso no tiene relevancia porque yo pienso que lo importante no es de donde vengan esas cosas, sino lo que uno hace con ellas. Es verdad que está pegada a la realidad, pero no más que otras de mis novelas y también que parto de mi experiencia personal y de la de otros, en este caso del Vaquilla. Pero del Vaquilla apenas queda un cinco por ciento y lo cito porque es como un guiño a la gente de mi edad. Quería ver si se acordaban de él y claro que se acuerdan. Lo recuerdan mucho más de lo que yo creía.
Esa realidad a la que está pegada ‘Las leyes de la frontera’ es la realidad española en un momento preciso.
Sí, la esta novela está pegada a la realidad española, a una época concreta de la Historia de España. Pero el libro ha de valerse por sí mismo. Eso lo he podido comprobar con mis editores extranjeros porque ellos ignoran quién era El Vaquilla o quiénes eran los quinquis y la han acogido con mucho entusiasmo. Como toda literatura, esta novela parte de lo concreto para llegar a lo universal. Al fin y al cabo el quinqui no es más que el avatar español de un mito universal: el forajido, el fuera de la ley del western de toda la vida.
¿Hay mucho de autobiográfico en ‘Las leyes de la frontera’?
Creo que todas las novelas son autobiográficas, pero no porque el autor cuente su vida en ellas, sino porque en la escritura se vuelca todo lo que es el escritor. Y el escritor aquí no está solo en el protagonista, en el Gafitas. Como dice Milan Kundera con mucho acierto, los personajes de una novela son clones hipotéticos del escritor.
La novela se narra a través de una persona a la que han encargado la redacción de un libro sobre el Zarco, un delincuente de la década de los 80. El escritor realiza una serie de entrevistas para documentarse y construir la historia, ¿cuándo surgió esta idea?
No sabría decírtelo, tendría que reconstruir todo el proceso creador. La novela tuvo al menos cuatro versiones y, quizá en la tercera, llegué a la conclusión de que debía estructurarla de este modo. Yo busco que mi libro suene a verdad, verdad literaria pero verdad y en algún momento debía llegar a la conclusión de que esta era la forma idónea.
¿Cómo llegaste a esa conclusión?
Sin duda llegué excavando. Me veo a mí mismo como un espeleólogo que, provisto con los instrumentos del lenguaje, excava hasta que encuentra cosas que no esperaba pero que son las que realmente le interesan. Orhan Pamuk dice que escribir una novela es como excavar un pozo con una aguja. Mi versión es más bestia, porque yo me veo con un azadón y dándole golpes. Así debió ser como llegué a esta estructura narrativa porque los distintos puntos de vista se prestan a una ambigüedad mayor, a una oscuridad iluminadora por así decirlo. En ‘Las leyes de la frontera’, como ocurre en todas las obras que yo he escrito, las cosas esenciales están ocultas. En la novela hay un punto ciego, igual que lo hay en todos los libros que a mí me interesan.
¿Qué es un punto ciego?
Toda novela tiene un punto ciego a través del cual no se ve nada. Sin embargo, ese punto es precisamente la forma que tiene la novela de ver. Es un silencio elocuente. Don Quijote está como una chota pero es el hombre más sabio. Esa afirmación es un punto ciego que no admite solución pero que ilumina toda la novela. Las obras de Kafka también funcionan así. Todas las novelas contienen una pregunta y la novela es la búsqueda de esa respuesta y la respuesta es que no hay respuesta, porque la respuesta es el propio libro. Las novelas no pueden proporcionar respuestas claras como la historia y la filosofía. Algún día me gustaría escribir un ensayo sobre este asunto.
En la historia de amor que viven el Gafitas y Tere veinte años después, ella se convierte en el personaje central en detrimento del Zarco.
Esta es la novela del Gafitas. Yo no buscaba que fuese una historia larga y compleja de amor y tampoco imaginaba que el personaje femenino fuera quien terminase apoderándose del libro y convirtiéndose en el centro de todo. El Gafitas vive la historia de amor que no pudo vivir cuando era adolescente. Y lo hace veinte años después, pero ignoramos qué significa para Tere esta situación. Tere es el enigma. Y no lo revela. A lo mejor ese es el secreto de su enamoramiento, porque nos enamoramos siempre de algo que no entendemos. Tal vez se enamoró del Gafitas o tal vez no. Quizá para ella el Gafitas representaba la posibilidad de llevar una vida normal fuera del Lian San Po. A fin de cuentas, quien le dice al Gafitas que está enamorada de él es el propio Zarco.
En la época que transcurre la novela, hubo una estética quinqui: cazadoras, tejanos, botines, el Seat 124…
Sí, se creó toda una estética y el Seat 124 era el mejor coche para delinquir. Eso lo he aprendido hablando con gente que vivió aquellos años. Los quinquis lo buscaban con denuedo. Esos muchachos se convirtieron en mitos o, mejor dicho, los convertimos entre todos, incluidos los medios de comunicación. No hay más que contemplar la cantidad de películas que se rodaron sobre ellos. Cuando me documentaba para escribir ‘Anatomía de un instante’, en la prensa aparecían constantemente estos chavales, que no eran seres de otro planeta, que te los encontrabas por todas partes y echabas a correr. Pero la prensa los presentaba casi como a Robin Hood.
Los quinquis eran algo contradictorio: por un lado los admirábamos y nos sentíamos atraídos hacia ellos y, por otro, sentíamos miedo.
Sí, creo que los mirábamos con temor y admiración a la vez porque los mitificamos hasta límites asombrosos y esa mitificación no fue tan rara. Los mitos son mentira porque mezclan mentira y verdad y su resultado es mentira. Ellos respondían a las necesidades profundas de un país en unos momentos de incertidumbre, de miedo porque no sabíamos hacia donde caminábamos. En cierta manera ellos encarnaban todos esos temores.
¿De todo aquel movimiento no queda nada?
Ellos no fueron mitos en el sentido griego del término, sino modelos para los chavales de arrabal, que entonces había más que nunca porque nos encontrábamos en pleno baby boom. Veían que los quinquis rodaban películas, que tenían dinero, motos, chicas, coches… y eso les atraía. Hubo un trasiego alucinante entre la calle y los platós. A todo eso hay que añadirle algo que se desliza por debajo del libro: la droga, que convertía estas fronteras en zonas mucho más permeables. Los chavales de clase media y alta las cruzaban para buscar droga. Pero igual que constituyeron un foco de atracción para mucha gente, los quinquis desaparecieron de un modo fugaz, sin dejar rastro. A finales de 1986 ya no se hacían películas sobre ellos cuando durante su eclosión llegaron a rodarse siete u ocho al año. La entrada de la heroína fue algo determinante. Gran parte murió a causa de su consumo. ‘Las leyes de la frontera’ cuenta también cómo sobrevivieron algunos de ellos, muy pocos, que se convirtieron en supervivientes no solo de su época, sino también de sí mismos.
¿La crisis actual puede ser un buen caldo de cultivo para que se reproduzca una situación similar a la de entonces?
Esa es una buena pregunta, es la pregunta del millón. Creo que estamos en una situación mala, pero la de aquellos años era infinitamente peor. Por aquel entonces España era un país del tercer mundo, con pocas esperanzas de salir adelante. Los chavales lo tenían mucho peor porque no asistían a la escuela, vivían sin horizonte. Ni siquiera los universitarios teníamos trabajo, íbamos directos al paro. Tenemos que poner las cosas en perspectiva. Estos últimos treinta años han sido los mejores que ha conocido nuestro país en los tres siglos precedentes. Quizá todo haya ido demasiado rápido, nos hemos convertido en nuevos ricos y ahora estamos inmersos en una especie de crisis de crecimiento. Pero aun así el grado de civilización de la gente no es el que era. ¿Podría volver a repetirse aquella situación? Claro, la violencia puede volver porque la miseria conduce a la violencia. Todo es posible, pero creo que tienen que empeorar mucho las cosas para que se reproduzca algo parecido.
Terminamos con los escenarios de la novela. Aunque transcurre en Girona, en todas las ciudades había billares, barrio chino, una zona a la que se llamaba Lian San Po…
En todas partes ocurría lo mismo. Los billares era un centro de socialización, el lugar donde los chavales se conocían por aquellos años. El barrio chino solo lo visité una vez con mis amigos y no volvimos más porque una mujerona se nos echó encima y salimos corriendo. Lo que sí he hecho ha sido hablar con mucha gente, policías incluso, y disponer de abundante documentación que me ha permitido reconstruir cómo era. Todas las ciudades tenían una zona a la que llamaban LIan San Po, algunas incluso tenían varias. Ese territorio marcaba la frontera entre lo legal y lo ilegal, era el lugar transgresor, un sitio donde la gente debía pasárselo bomba. El nombre se debe a una serie japonesa de episodios, de enorme éxito, que precisamente se emitió por televisión española en la misma época en la que transcurre la novela.
 

SOBRE JAVIER CERCAS


Javier Cercas nació en Ibahernando (Cáceres) en 1962. Doctorado en Filología Hispánica, trabajó durante dos años en la Universidad de Illinois y en la actualidad es profesor de literatura española en la universidad de Gerona y columnista de El País. Es autor de cinco novelas, ‘El móvil’ (1987, luego 2003), ‘El inquilino’ (1989),‘El vientre de la ballena’ (1997),‘Soldados de Salamina’ (2001) y ‘La velocidad de la luz’ (2005) traducidas en más de veinte países. Suyos son también tres libros de artículos, crónicas y ensayos: ‘Una buena temporada’ (1998), ‘Relatos reales’ (2000) y ‘La verdad de Agamenón’ (2006). Por último, no hay que olvidar su ensayo ‘Anatomía de un instante’, que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa del año 2010.

‘Soldados de Salamina’, aclamada internacionalmente como una de las grandes novelas de los últimos tiempos, convocó, en un éxito sin precedentes, el aplauso de los lectores (Premio Qué Leer, Premio Crisol), los libreros (Premil Llibreter, Premio Librería Cálamo), los escritores (Premio Salambó) y los críticos (The Independent Foreign Fiction Prize en Reino Unido, Premio Grizane Cavour en Italia, Premio de la Crítica de Chile, Premi Ciutat de Barcelona, Premio Ciudad de Cartagena, Premio Extremadura). Su adaptación cinematográfica corrió a cargo de David Trueba. ‘La velocidad de la luz’ fue elegida libro del año por La Vanguardia y Qué Leer, ha merecido el premio Arzobisp0 Juan de San Clemente, el Cartelera Turia y el Athens Prize for Literature.