«Desde su agujero de arcilla escuchó el eco de las voces que lo llamaban y, como si de grillos se tratara, intentó ubicar a cada hombre dentro de los límites del olivar» (Jesús Carrasco, Intemperie)

martes, 20 de diciembre de 2016

Elvira Navarro: «Mi novela es una ficción, y por tanto lo que construye son meras posibilidades»



Foto cedida por Random House
‘Los últimos días de Adelaida García Morales’ de Elvira Navarro, editada por Random House, es una de las novelas recientemente publicadas que más ha llamado la atención en 2016, al tiempo que ha suscitado una cierta polémica. Adelaida fue una de las escritoras más misteriosas del panorama cultural hispano de las últimas décadas. La celebridad alcanzada por alguno de sus libros, ‘El Sur’, adaptado al cine por su exmarido Víctor Erice, y ‘El silencio de las sirenas’, junto con el mutismo en el que se sumó la autora en los últimos años de su vida, contribuyó a ese misterio. En 2014, falleció sin apenas hacer ruido, casi en el anonimato. ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’ es el relato, en clave de ficción, de los días que precedieron a la muerte de la escritora y su desencadenante fue la noticia de que acudiera a la delegación de Igualdad de un ayuntamiento sevillano para pedir cincuenta euros que precisaba para visitar a su hijo que vivía en Madrid. Elvira Navarro ha utilizado dos planos, dos historias paralelas, para alumbrar esta breve novela que apenas sobrepasa las cien páginas.
Elvira, es la primera vez que te entrevisto, así que esta pregunta es obligatoria; ¿qué significa para ti escribir?
Te diría que es una necesidad expresiva no traducible a otros modos de expresión, y un mandato vital que no se sabe muy bien de dónde viene, o al menos así lo siento yo, y que es irrenunciable le pese a quien le pese, incluida yo misma.
Además de escritora, también te has desempeñado como editora en la editorial Caballo de Troya, ¿se ve muy distinta la literatura desde un lado, el de escritora, y otro, el de editora? ¿Son compatibles ambas funciones?
No se ve demasiado distinto, aunque yo doy talleres de escritura y buena parte de mi trabajo consiste en corregir (editar) los textos de los participantes de los talleres, así que quizá esta circunstancia me ha impedido ver la diferencia en cuanto al trabajo artesano con el texto. Sí hay una diferencia abismal, en cambio, si lo miramos desde la perspectiva de la creación, por más que montar un catálogo o aconsejar al autor tenga una vertiente creativa. Pero ya no se trata ahí de mi universo, sino del de otros autores y autoras.
¿De dónde procede tu fascinación por Adelaida García Morales que ha propiciado la escritura de tu última novela?
Adelaida García Morales era la propuesta de lectura para estudiar la narrativa contemporánea de mi manual de literatura de COU. En ese contexto casi canónico, me sorprendió encontrarme con una autora que no me sonaba de nada, y la asumí como alguien que estaba ya a las puertas de la gloria literaria. Su desaparición posterior me resultó muy enigmática. Además, cuando era más joven me producían una gran inquietud las desapariciones inexplicables, o que yo juzgaba como tales. Por otra parte, me gustó mucho su escritura en ‘El Sur seguido de Bene’ y ‘El silencio de las sirenas’ por lo que tiene de quiebre con la convención a la que llamamos realidad. En aquel momento (te hablo de la Elvira de hace veinte años) también me sedujo que no sonara castiza. Como buena española, me he criado en el odio hacia lo español. En el complejo de inferioridad cultural. Ahora ya estoy curada de eso.
 
Veracidad y verosimilitud, dos palabras que empiezan igual pero no significan lo mismo, aunque ambas procedan del veritas latino, ¿cuál de ellas resulta de mayor aplicación a ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’?
La veracidad refiere a hechos falsables, y la verosimilitud es una mera apariencia de verdad, o mejor, de posibilidad: los hechos podrían haber ocurrido así, y construimos sobre esa hipótesis. ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’ es una ficción, y por tanto lo que construye son meras posibilidades. Conjeturas que aparecen como tales, puesto que el libro trata, entre otras cosas, de la imposibilidad de atrapar una identidad.
¿La noticia de que Adelaida García Morales acudió a un ayuntamiento sevillano a pedir 50 euros para visitar a su hijo que vivía en Madrid, fue el disparador que te hizo escribir esta novela? ¿Qué sensibilidad se despertó en ti para hacerlo?
Fue una delegación de Igualdad la que trató de ayudar a la autora, y a mí me pareció que lo relevante era ficcionar el asunto en una concejalía de Cultura, porque ahí hay un conflicto que rebasa la mirada social y que apunta a la relación entre las instituciones y el arte, que es el tema que más interesaba. Y luego estaba lo que cabía suponer sobre su situación, o lo que yo proyecté sobre ella: un espejo de mis miedos.
Has tratado de dejar claro, como explicas en el capítulo de Aclaraciones del libro,  que García Morales únicamente te ha servido como pretexto para ficcionar, sin embargo, en otro capítulo, Créditos, incluyes una extensa y pormenorizada lista de información sobre la autora, ¿por qué decidiste hacerlo?
El propio libro lo explica: es la documentación que maneja la realizadora, sus fuentes, sobre las que se dice que puede haber datos falso o contradictorios. Su función es señalar que incluso lo que procede de la no ficción, que en este caso son fundamentalmente materiales periodísticos, funciona no sólo en el libro, sino también en la realidad, como una ficción más. Los personajes públicos son ficciones hechas por los medios.
A pesar de tu intención, al exmarido de Adelaida García Morales no parece haberle gustado demasiado que escribieras sobre ella y de que lo incluyeras a él también en la novela, como explicó en un suplemento Babelia del diario El País.
La crítica de Erice es legítima y la respeto, pero mi posición es que es igualmente legítimo hacer ficciones con personas que existieron. Hay toda una tradición literaria al respecto, empezando por Sócrates, que es ficcionado por su discípulo Platón, pasando por Hermann Broch o Thomas de Quincey, que construyen ficciones con Virgilio y Kant, y acabando en la reciente novela de Laurent Binet, La séptima función del lenguaje, que hace aparecer a Roland Barthes. No diría en cambio que Erice figura en el libro. Tan sólo se le menciona como exmarido de la autora, y un personaje ve la película ‘El Sur ‘y hace su lectura. En todo caso, lo que aparece en el libro es la película ‘El Sur.’
¿En ningún momento pasó por tu mente la idea de biografiar a Adelaida?
No. Yo no soy biógrafa ni fue ese mi impulso de escritura. Además, considero que las biografías son también ficciones, pues no dejan de ser reconstrucciones de hechos que, en todo caso, conllevan hipótesis sobre la identidad del biografiado aparentemente mejor fundadas. Pero eso no es más que apariencia. Y no digo esto con un afán censor. Me parece muy bien que haya biografías, pero no deberíamos hacer de ellas una lectura ingenua, como si contuvieran la verdad, porque lo que hacen también es jugar al juego de la verosimilitud.
Es la primera vez que has utilizado para la ficción a un personaje real. Con independencia de las reacciones posteriores a las que aludía antes, ¿qué tal la experiencia como escritora?
No ha sido distinto. Hacer ficción con un personaje que existió no obliga a obedecer a lo que fue su identidad real. De lo contrario, no estaríamos hablando de ficción. Y además el acceso a la identidad real es una quimera. ¡Si ni siquiera nos conocemos bien a nosotros mismos!
Tengo entendido que, al principio, ‘Los últimos días de Adelaida García Morales’ era un cuento. ¿Ha cambiado mucho al transformarlo en novela o nouvelle porque, por su extensión, quizá este término sea más adecuado?
No ha cambiado. Fue un cuento en su concepción, pero si me planteé sacarlo del volumen de relatos al que inicialmente pertenecía, eso se debió a que había dejado de ser un cuento y se había convertido en nouvelle. O dicho de otra manera: no es que se tratara de un relato que alargué al sacarlo, sino que, creyendo escribir un relato, me salió algo parecido a una nouvelle en cuanto a la extensión. Y entonces, y tras consultarlo, tomé la decisión de sacarlo por separado.
Has escogido la tercera persona para narrar, ¿por qué motivo?
La persona desde la que se narra, en mi caso, es como adelantar un pie detrás de otro mientras se camina, o como respirar.  O como una creencia, que sólo se pone en duda cuando se hace consciente. No se trata de una decisión meditada, sino de un punto de partida que tiene la naturalidad con la que se adelanta un pie sobre otro mientras se camina. Si piensas en tus pasos, puede que te des cuenta de que cojeas un poco, o de que andas con los pies abiertos, aunque lo más probable es que te detengas, porque pierdes el impulso.
Manejas dos escenarios: uno de ellos el del rodaje de un falso documental, el otro la vida de una concejala de Cultura de un ayuntamiento sevillano, ¿te interesaba mostrar una imagen poliédrica de la escritora extremeña?
Adelaida García Morales atraviesa la narración como si fuera un fantasma. Es un motivo, pero no es el tema del libro. No lo protagoniza, sino que funciona como un espejo para la concejala y la realizadora, quienes proyectan sus respectivos conflictos, a partir de los cuales se tejen conjeturas. Es por eso que afirmo que, en el libro, la escritora es una fantasmagoría.
Adelaida García Morales fue una escritora que, después de gozar de un cierto éxito, desapareció: ¿Qué motivó su desaparición?
No lo sé. No he hecho una investigación biográfica, si bien puede afirmarse que la calidad de sus libros decae, así que, desde un punto de vista literario, o al menos desde mi criterio literario, existen razones que explican su salida del panorama.
 Al igual que otros «desaparecidos», al estilo Salinger, continuó escribiendo, aunque fuera sin ánimo de publicar, ¿tras su muerte, podemos tropezarnos en las librerías con alguna novela suya inédita?
Al parecer, sí tenía ánimo de publicar, y de hecho publicó; otra cosa es la suerte que corrieron sus últimos libros. Creo que Libros del Lince planea sacar unos relatos inéditos suyos.
Llama la atención que el personaje de Adelaida reclama la ayuda de 50 euros a la concejalía de Cultura, no a la de Igualdad. Con esa tesitura ¿has pretendido dejar constancia de que los escritores en épocas de vacas flacas viven en el olvido, dejados de la mano de Dios por la Administración, que les sucede algo parecido a lo que pasa con los actores?
Bueno, decidí inventarme lo de la concejalía de Cultura porque abarcaba más frentes. Por ejemplo, con respecto a lo que tú señalas, no se trata de un asunto que vaya en una única dirección, sino de una dialéctica, pues no se puede decir que la precariedad económica de un artista dependa de las administraciones sin hacer extensible ese argumento a cualquiera, pero si me hubiera quedado ahí la novela sólo habría tenido una dimensión social, y lo que yo pretendía era que también la concejala tuviera un posicionamiento sobre la cultura digno de ser escuchado, y que refiere al funcionamiento del circuito cultural como un lugar cerrado del que se expulsa a quien ignora los códigos, e impulsado sobre todo por un afán de distinción de sus miembros. 
La concejala de Cultura, otro personaje singular, no tiene claras muchas cosas. Ni siquiera conoce a Adelaida y, para saber quién, es busca información. Aunque esto es ficción, ¿en Cultura en particular, y en política en general, abunda la gente que gestiona cosas que no conoce?
Yo creo que esto rebasa el ámbito político, y en mi opinión se debe a que en España somos muy chapuceros. Siempre hay excepciones, claro, pero en la medida en que no se ha fomentado el amor por el trabajo bien hecho, sino el escaqueo, el hacer como que se cumple con el expediente y santas pascuas, al final tenemos como resultado un país donde las cosas funcionan demasiado a menudo a medias, y donde además hay toda una apología de lo mal hecho, de ser el más listo porque te evades de tus responsabilidades, cosa que comparte tanto la izquierda como la derecha. Para la derecha, está bien visto el modelo de Mario Conde, o de Donald Trump, que es el aprovecharse, el sacar tajada, el estar por encima del bien y del mal. El superhéroe del dinero. Para cierta izquierda, nombrar el compromiso con el trabajo te convierte en sospechoso de estar al servicio del capitalista. Al final todo resulta en hacerlo mal y que no se note. Los políticos no son más que un reflejo del espíritu de este país.
¿Tienes ya algún nuevo proyecto en mente? ¿Puedes adelantar algo?
Estoy corrigiendo el libro de cuentos en el que estaba incluido Los últimos días de Adelaida García Morales. No sé cuándo se publicará. 

 

SOBRE ELVIRA NAVARRO
Elvira Navarro (Huelva, 1978) estudió Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado dos libros complementarios, ‘La ciudad en invierno’ y ‘La ciudad feliz’, así como la novela ‘La trabajadora’ y también conduce el blog Periferia, que se ocupa de los barrios de Madrid. A lo largo de su carrera, ha obtenido el Premio Jaén de Novela y el Premio Tormenta al mejor nuevo autor, y quedó finalista del Premio Dulce Chacón de Narrativa Española. En 2010 la revista Grante la incluyó en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de treinta y cinco años y en 2013 fue designada como una de las voces narrativas españolas con mayor futuro por la revista El Cultural, que edita el diario El Mundo. Un año después, la misma publicación eligió su novela ‘La trabajadora’ dentro de las diez mejores novelas del año. Recientemente y por espacio de un año ha ejercido como directora de publicaciones de la editorial Caballo de Troya.

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